Fue un invierno frío, concretamente un 18 de Diciembre según marcaba mi reloj que ya pronto cumpliría un año. Pasaba, como muchas otras veces, por aquella calle, entonces solitaria, en dirección a mi casa. En un revuelo al final de la calle, divisé unos matojos que cubrían una entrada. En efecto, al acercarme comprobé que se trataba del recinto donde mis amigas y yo compartíamos las largas tardes de verano, mientras observábamos el sol ponerse y los cortos días invernales, cubiertas de mantas y otros atuendos.
Cada día solía pasar por allí, pero aquella tarde se respiraba un aire diferente que me lleno de fuerza, y aún desconozco el porqué.
"Cuando llegues al final de la cuerda, hazle un nudo y sujétate de ella"
esto me suena...:)
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